Las Cuevas de los Mil Budas

La mayoría de los lugares importantes de la Ruta de la Seda sucumbieron al saqueo y la destrucción, pero las cuevas de Mogao perduran. Sus pinturas murales plasman los primeros encuentros entre Oriente y Occidente..

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A finales del siglo XIX, numerosos exploradores europeos se adentraron en Asia Central siguiendo el rastro de la antigua Ruta de la Seda. Hombres como el sueco Sven Hedin exploraron los desiertos de Gobi y Taklamakán y hallaron restos de antiguas ciudades, estatuillas, monedas y manuscritos escritos en lenguas diversas, como el sánscrito, el chino o el tibetano.

Uno de estos exploradores fue Aurel Stein, un erudito británico de origen húngaro que en 1888, cuando tenía 26 años, se instaló en Lahore (actual Pakistán) para estudiar la literatura sánscrita. Entre 1899 y 1915, Stein realizó tres expediciones por China occidental siguiendo el rastro de la antigua ruta caravanera. Fue a la vuelta del primero de estos viajes cuando oyó hablar de unas cuevas budistas de gran belleza y que ocultaban en su interior un increíble tesoro en manuscritos antiguos. El lugar se llamaba Mogao o Mogaoku, «cuevas incomparables», aunque popularmente era conocido como las cuevas de los Mil Budas. El explorador decidió que se dirigiría allí en su nuevo viaje.

Mogao, en la actual provincia china de Sinkiang, está situado a 19 kilómetros de Dunhuang, un antiguo oasis de la Ruta de la Seda. En el año 366, un monje budista llamado Yuezun tuvo allí una visión mística de mil budas de oro que brillaban sobre un desfiladero y a continuación excavó una pequeña celda de meditación. Siguiendo su ejemplo, hasta el siglo XIV muchos otros monjes fueron excavando grutas a lo largo de aquel risco, de kilómetro y medio de longitud y unos 30 metros de altura. En total, se horadaron casi 800 cuevas, que fueron adornándose con numerosas esculturas y espléndidas pinturas murales.

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Los textos secretos

La caravana de Stein estaba formada por porteadores, guías locales y 25 camellos cargados de hielo para tener agua en el desierto. Cuando en marzo de 1907 Stein llegó a Mogao, se encontró a Wang Yuaniu, un sacerdote taoísta que había recalado allí unos años antes y se había erigido el «guardián» de los santuarios. El viajero europeo se enteró de que unos años antes Wang había dado por casualidad con una puerta mientras sus obreros despejaban la arena frente a una cueva. Al entrar por esa abertura, Wang vio una estancia llena de documentos, manuscritos, banderas, estatuas y otros objetos. Se apresuró a advertir a las autoridades, pero éstas le dieron la orden de volver a sellar la cueva con todo su contenido.

Stein puso todo su empeño en ganarse la confianza de Wang para que le enseñase los legajos ocultos en la cueva sellada, conocida hoy como cueva 17. Le habló a Wang de su admiración por Xuanzang, un monje budista del siglo VII que había traducido al chino muchos textos sagrados sobre Buda; cuando Wang le dejó ver un fajo de manuscritos y resultó que éstos eran de Xuanzang, el monje lo consideró una señal divina y permitió a Stein entrar en la cueva.

En su libro Ruinas de la China desierta, Stein cuenta su impresión al penetrar en la gruta: «La vista de la pequeña habitación me dejó con los ojos abiertos. Apilados sin ningún orden aparecieron a la tenue luz de la pequeña lámpara del monje una sólida masa de fajos de manuscritos que se elevaban casi diez pies», unos tres metros.

Stein examinó un par de aquellos viejos legajos y enseguida se dio cuenta de su extraordinario valor, tanto por su contenido como por su antigüedad, además de que se hallaban en un excelente estado de conservación. Estudiarlos in situ le hubiese llevado años, por lo que persuadió a Wang de que le permitiera llevarse algunos de ellos, a cambio de plata por valor de 130 libras esterlinas.

Stein llenó 24 maletas con manuscritos y otras cinco con pinturas y reliquias y, con una comitiva de siete camellos cargados a rebosar, emprendió el regreso a Lahore. El viaje fue tan duro como la ida, hasta el punto de que en la cordillera de Kunlun Stein sufrió una severa congelación y tuvieron que amputarle todos los dedos del pie derecho.

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El saqueo de China

Fue uno de los expolios más rentables de la historia de la arqueología, y todo a cambio de la mera donación de 130 libras esterlinas. Los servicios prestados granjearon a Stein el título de sir en Inglaterra, y un rencor eterno en China.

El botín de Stein reveló un universo multicultural de insospechado dinamismo. En los textos se identificó casi una do­­cena de idiomas, como el sánscrito, el tibetano, lenguas turcas y hasta el judeo-persa, además del chino. Muchos sutras estaban copiados en papeles usados que resultaron ser verdaderos retazos de la vida cotidiana de la Ruta de la Seda: el contrato de una compraventa de esclavos, el informe del rapto de un niño, incluso una disculpa por un comportamiento etílico, digna de un manual de protocolo.

Se calcula que en la cueva 17 de Mogao había unos 50.000 manuscritos. Stein se llevó unos 7.000 textos completos, más otros 6.000 fragmentos. La mayoría eran traducciones de textos budistas al chino, entre ellas el Sutra del Diamante, considerado el libro impreso más antiguo que se conoce, un manuscrito de cinco metros impreso con matrices de madera en el año 868, casi seis siglos antes que la Biblia de Gutenberg. También había una gran cantidad de pinturas sobre papel y seda. Más tarde llegaron otros estudiosos europeos, como el francés Paul Pelliot, que se llevaron a su vez la mayor parte de los fondos de la cueva, hasta un 80 por ciento, según se calcula hoy día.

Este saqueo –así es calificado en China– se extendió pronto a las demás riquezas artísticas de Mogao. Por ejemplo, en 1924 Langdon Warner, un historiador del arte norteamericano, extrajo fragmentos de una docena de murales y se llevó valiosas esculturas. Embrujado por la belleza de las cuevas, Warner contribuyó sin embargo a su destrucción al extraer torpemente los fragmentos y llevarse de la cueva 328 la exquisita estatua de la época Tang de un bodhisattva arrodillado. Aunque las obras de arte se encuentren hoy bajo la esmerada custodia del Museo de Arte de Harvard, los murales dañados y el hueco que dejó la escultura constituyen una visión desgarradora.

A partir de 1930, las leyes chinas se endurecieron, aunque sólo en años recientes se han puesto en marcha programas para proteger el extraordinario patrimonio de Mogao, formado por miles de manuscritos, 46.000 metros cuadrados de pinturas murales y más de 2.000 esculturas.

Fotografías de Tony Law

Fuentes: Wikipedia // National Geographic

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